Tocando madera.

El agua lo cubría todo. Lo peor de aquello es que no encontraba el camino de vuelta. Ya estaba anocheciendo y aún estaba en paradero desconocido, agobiado por dicha situación; mas si cabe cuando no amainaba la tormenta. La lluvia empapaba todas sus aspiraciones. Resbalaba por sus mejillas a modo de lágrimas y se perdían homogéneamente con el agua del mar. Ese mar en el que se había querido mojar y acabó empapado hasta los huesos. No sabía nadar y menos en esa situación. A merced de las olas y del tiempo sin un destino fijado. Quizás, no había sido él el responsable de encontrarse allí. O quizás si. Entre su mar de dudas estaba apunto de ahogarse. Sólo le quedaba ese clavo ardiendo, seguir sujeto a ese tablón o desistir. Seguir tocando madera. La suerte es traicionera pero a veces está de nuestra parte. Le faltaban tablas para aprender de sus errores, de las lecciones del día a día. Sin duda, si salía de esa, guardaría una de las tablas más grandes que podría acomodar en el cofre de sus rarezas, de sus virtudes y defectos. Caída la noche, aún se encontraba solo. Sabía que no siempre estaría así. Su historia no acababa de empezar pero ya estaba pensando que le sería dura la travesía. Seguir aferrado al tablón o largarse por su propia voluntad de allí. Insistía, aferrado a ello. A la fe. A la constancia. A la vida, tocando madera.

Guille.

 

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