El todo por el todo.

Entre aullidos de lobo, con el corazón en un puño bajo aquel manto helado.
Solo quedábamos nosotros dos. Nos mirábamos como completos desconocidos sin decirnos nada.
Nuestra complicidad se reducía a eso, el cruce de miradas y el silencio, como siempre.
Nunca supe decirte más que lo que transmitían mis ojos. Mis silencios ocultaban miles de palabras, reducidas a ceniza.
La ceniza surgió de un fuego que contrarrestaba aquel frío que pasábamos sin inmutarnos.
Siempre que hubo llama es porque algo quema; y yo era muy volátil.
Posiblemente el problema fuese mío por no decir nada.
Quizás el problema fuere tuyo por no saber leer mis ojos.
O quizás de ambos por una y otra cosa.
Ojos que no querían ver para no sentir pero el sentimiento es inevitable, y más en aquella situación.
Pero mis ojos oyen, sienten tus latidos y se desconciertan. Por momentos sienten tu vacío y otras, en cambio, sienten la necesidad de darte algo más que el resto.
El resto es lo que queda de lo que fué, trazos de aquel dibujo, de aquella frase incompleta o aquella palabra por pronunciar.
Si sus ojos sintieran lo que los míos, quizás nos entenderíamos mejor.
Lo que nunca sabré es si no éramos tan diferentes, si nuestros ojos poseían la misma capacidad y le amargaban sus silencios tanto como los míos.
Hay cosas que pueden no tener solución y nos inquietan, pero la respuesta a ellas se consigue cuando no se espera.
El lobo y yo. Nunca fuimos tan desconocidos. Pude notar el brillo de su mirada mientras aullaba, como pidiendo auxilio.
Como pidiendo calma. Como pidiendo tiempo. Lo miré y seguí callado, pues supe interpretar lo que él quería decir.
Nuestros comportamientos residen en el instinto animal, por mucho que intentemos ocultarlo, vivimos a base de instintos.
Cada instinto es sinónimo de momento, de tiempo o lugar. El lugar era aquel manto blanco. El momento había llegado.
En ese momento me miró y con cierta complicidad se puso a mi lado, sabiendo que el camino era largo y que entre los dos lo podríamos conseguir.
Con tan pocas palabras, nos habíamos entendido. O eso creíamos. Desde ese momento supe que no me abandonaría y yo tampoco lo haría.
Nuestros silencios sellaban actos y no palabras. Las palabras se las llevaba el viento, como la hojarasca.
El viento mecía los copos de nieve que nos cubrían el rostro de forma contínua. El camino continúa.
Bajo la nieve, seguimos en pie, pasando frío pero con las ideas claras. Por lo menos eso interpretábamos.
Presas del miedo acabamos siendo depredadores de nuestros actos. Acto helado. Bajo el manto blanco.
Helados nuestros principios, nos tocaba improvisar. Mano a mano. El todo por el todo.

Guille.

 

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