Ojos de gata.

Mimetizaban con el medio. Aquel movimiento al andar, a modo de danza que cautivaba, hacía que no pudiera quitarle los ojos de encima, pese a estar rodeados entre otras miles de figuras. Su mirada de gata acompañaba a todo esto. En ellos se dibujaban elipses de un color mágico brillante. Ojos que querían hablar pero que no decían nada. Sus garras afiladas se ocultaban normalmente. Sólo habían sido vistas en contadas ocasiones, en aquellas en las que se sentía observada, en las que se sentía atacada, en las que se sentía mal. Una vez alguien me dijo que si lo sentía, sonreía. Hoy somos música y mañana ya veremos. Entre notas de un pentagrama se pierden todas las ideas. Sólo perdemos cuando arriesgamos y eso no siempre es así. No porque no arriesguemos. Lo digo porque no siempre se pierde. Aprendí a entender a aquellos ojos de gata y a entender su movimiento. Su frialdad, su distancia. Poco a poco, mientras intentaba comprenderlo, se encontraba cada vez más cerca. Cerca de sus ojos. Ojos de gata.

Guille.

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