Cada pato a su zapato, sin escapatoria.

Siendo tan patoso era normal que metiera la pata. La pata hasta el fondo. Al abismo. En tierra de nadie, donde nadie jamás había llegado. Quizás era el momento de calzarse un par. Así pues, me calcé y me sumergí en aquel estanque tan oscuro y frío. Tanto que congelaba hasta el alma y las ganas de darse un chapuzón. Tanto, que no era capaz de ver más allá de un palmo de mis ojos. De un palmo de mis manos. Porque todo lo construímos con ellas. Todo pasa por unas lindas manos. El pulgar, el cual nos indica al alzarse sobre todo lo demás que, pase lo que pase, todo irá bien. El índice, el cual señala, con decisión, todas las metas que nos imponemos y que somos y seremos capaces de superar. El dedo medio, el cual nos aporta las garantías de que nuestros pasos serán tan grandes como él, superior a los demás. Nos ofrece la paz y la valentía para renovar ganas e ilusiones día a día. El dedo anular, establece un contacto directo entre el exterior y el corazón, resurgiendo de sus adentros cada pálpito, cada tic-tac de ese reloj propio de cada uno. Por último, que no menos importante, el dedo meñique. Es el más pequeño de todos, pero el que guarda más secretos. En él residen todas nuestras pequeñas cosas, nuestras pequeñas dudas y nuestros pequeños pasos. Es el dedo más tímido de todos, más alejado del resto. Dubitativo, pues solo recibe consejos del corazón, los cuales no suelen ser muy buenos consejeros. ¿Recuerdas lo que significa esto? Un meñique es la esencia de la vida, el inicio de todos nuestros juicios. La pérdida de la razón gracias a la influencia del corazón. ¿Quién busca juicios en la locura, si no atiende a razones? ¿Quién busca culpables e inocentes en este estado transitorio? Así pues, todos a una. Los cinco, cerrados.  A modo de mazo golpean con rabia el agua, haciéndose espacio entre ella e impulsándose, consiguen superar cualquier barrera. Así somos, un par de manos. Un manojo de nervios. Unas manos ancladas a un pato, con necesidad de adentrarse a lo más oscuro a sabiendas de que no todo será tan colorido como espera. Adentrándose en sus miedos. ¿Irónico, no? Un pato sin escapatoria. Calzándose los zapatos y empapándolos. Cada pato a su zapato, sin escapatoria.

Guille.

 

 

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