Pequeño.

Bajo la lluvia. Observando el discurrir de las gotas en el cristal, desafiantes hasta que caen al suelo. Así somos todos. Una caída libre hasta lo más profundo de nuestro ser. Por eso nos quedamos con la fachada y olvidamos todo lo que de verdad importa. Lo que queda bajo la piel, las guerras de las dobles intenciones y los desafíos de miradas. Quiero adaptarme al terreno y hacerlo mío. Que sea suyo también. Pero la lluvia nos impide ver más allá de nuestra mirada. Menos mal que eres un fiel reflejo en la mía, aunque crea saber lo que nada ni nadie sepa. Hubo un día que pude. Que caí al asfalto y por más que caía, me levanté. Hubo tiempos mejores. Aquellos en los que la incertidumbre no se cobraba una vida con el cheque al portador. Firmado de mi puño y letra. No. Un golpe en la mesa y a por todas. La fe espera intranquila, entre los vapores del calor que emana de una taza de café. Dejándose enfriar en un ambiente hostil. Mientras tanto seguiremos mojándonos a sabiendas de que cualquier día saldrá el Sol y no habrá más lágrimas en las cristaleras de los ojos de nadie. Porque lo bueno siempre vence, lo malo es que no siempre convence o lo hace tarde. El conejo de la mala suerte. Cuando ya se ha marchado el tren. Cuando el humo sopla de cara. Cuando nos aferramos a minucias. Pequeño.

Guille.

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