Por el miedo a decirte adiós.

De puntillas al pie de la cama. La observé y pensé, en noches como ésta sigue tan radiante como siempre. Ella me miró con mirada cansada, diciéndome “Ya no luce el Sol”. Le susurré al oído “No te preguntes por qué te odio cuando te amo, que me daría miedo responderte”. Ella cerró los ojos, impasible. Acto seguido, se giró y, a regañadientes, dejó de mirarme. Entendí que no podíamos soportar esa barrera. Ese sentimiento tan vacío que nos llena. Le apagué la lámpara. Que contigo no hubo guerras. No hubo eternas luchas de mis castillos de naipes a merced del viento o de mis derruídos castillos en el aire. Retrocedí en mis pasos sin darle el último beso en la mejilla. El que puede soportar las amargas despedidas o el vaivén del hasta luego. Como quieras sin querer, nunca como siempre. Acto seguido, me marché, percatándome que, al cerrar su puerta, ella volvió a mirarme. Lo ví bañado en el reflejo de la Luna, que hacía contraste con tanta oscuridad. Lo ví y lo sentí, que volvió a mirarme, como queriendo decir algo. Aquella última palabra que tanto gusta decir y tan poco gusta escuchar. Y quizás fue ese el miedo. De ambos. La palabra de la que nunca quisiste desprenderte y la que yo nunca quise recoger. Por tener que agarrarla, como sostener agua entre las manos. Y esa fué la sensación, que ambos habíamos perdido algo por no dar de nosotros. Con el cartel de frágil. Ya se ve el final. Por el miedo a decirte adiós.

Guille.

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