Cierra los ojos y cuenta hasta 10.

La luz se perdía en lo profundo de su mirada de perdonavidas. Ojitos de sapo y lágrimas de cocodrilo. Piel de gallina y a ciegas, supe que nunca me convertiría en un perfecto príncipe. La sangre azul desteñía, bañada bajo la torrencial tormenta que auguraba un poco esperanzador futuro. Ya no soy lo que era, lo que quise ser dejó de ser para siempre y mi antiguo yo se olvidó de mí, para no volver nunca. Viví mi propia obsesión por ser perfecto, por hacerla feliz en el mundo de la perfección que me olvidaba de lo vital de un latido. Me perdí y no supe encontrarme. Por el miedo a perderme y que no me echara de menos. Por ese miedo nunca supe perdonar los silencios de la noche que se aloja en tu mirada. Preso entre las pestañas de tus ojos y el ritmo que marca el tictac de tus párpados. Y, por extraño que parezca, cuando dejé de verla radiante fue cuando menos imperfecto me encontraba yo. Era libre de sus ataduras. Y cuanto más era así, menos era yo. Menos me importaba la vida. Y supe, que la perfección no daba la felicidad. Y supe que debí hacer algo más cuando no hay más armas que el de los hechos y palabras, gestos y sonrisas que se desvanecen y varan, perdidas en la mar. Cierra los ojos y cuenta 10.

Guille.

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