Al son de su sonrisa.

Hubo días en los que varaba sin rumbo ni destino fijo. A merced de las inclemencias del oleaje, en un eterno vaivén, una espiral que no daba posibilidad de llegar a la orilla. Y se hacía de noche. Y yo miraba al cielo, observando cómo las estrellas me iluminaban, impasibles, viendo mi inútil lucha con la mar.

Cansado, cerré los ojos y me dejé vencer. Desde entonces no recuerdo nada. Sólo recuerdo que estaba magullado, con arañazos que comenzaban en la piel y punzaban el alma. Heridas de esas que no se ven, entristecen la sonrisa y duelen.

Sólo recuerdo aquella figura que me susurraba esperanzas, me daba su fuerza a mis manos y me impedía rendirme sin intentarlo una vez más. Eras una completa desconocida pero ambos sabemos cómo te llamas. Y aún recuerdo el día en que dejaste de ser estrella del cielo para ser la mía. Y por eso aún sigo sonriendo. Al son de su sonrisa.

Guille.

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