Rodando por las escaleras.

Dame más, segundos o minutos. Róbaselos al tiempo. Cansado, perdí las ganas de querer ganar. De apostar todo y quedarme en nada, esfumarme en un chasquido de dedos. Eso es lo que soy. Insignificante. Un segundo y tras ello, nada. Me evaporé con el viento, viajando hacia el abismo, lugares sombríos que ni tú ni nadie recordarán porque ni de lejos han merodeado ese lugar. Viví al límite de mi existencia, de la indiferencia y de mi propia arrogancia. Una vida paralela a la de la eterna sonrisa, la del todo va sobre ruedas y el final aún queda lejos.

Alguien alguna vez dijo, el límite es el único lugar donde eres libre. Yo viví en él y aún así, sigo siendo preso. De sus vaivenes, de sus juegos. Un juguete roto que perdió la poca cordura y cede ante tus voluntades. La lluvia ya no sirve de excusa convincente para no salir de los barrotes de mi piel. Porque hoy calan hasta mis párpados y sigo tan frío. Hoy llueve sobre mojado y lo peor es que ni me inmuto. Mis manos caban su propio agujero, en busca de ausencia, hundiendo las rodillas, respirando lento. Mirando al cielo, enfrentándome desafiante a las gotas que no cesan. Que ahogan pensamientos y paralizan el hambre. A fuego lento se cocinan miradas eternas que se pierden entre la soledad en un segundo. Era necesario no sentir tu necesidad. Lo siento. Todo lo que quedó está roto y ya no hay vuelta atrás. Mis manos ya no aguantan más, por lo que todo cae por su propio peso. Y caí. Rodando por las escaleras.

 

Guille.

 

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