Sigo vivo.

El tiempo se llevó todo y nos dejó con nada. Transformado en viento, sonaba sinuoso, como una triste melodía de una vieja armónica, los dedos frágiles y temerosos de un niño tocando el piano por primera vez o las palabras de amor que nunca salieron de la boca de un mudo.
En este mundo todo es superficie. Y en él habitamos todos los superficiales. Por ello, hemos de rascar en los adentros para descubrir lo que somos. Lo que podemos dar. Es nuestra vida y está a nuestra disposición. Bajo una montaña de prejuicios, de odios y envidias. La envidia nos roba la vida. El odio a amar nos lleva al tedio y al miedo de acabar en alta mar.
En la laguna de nuestros sueños, pescando desilusiones. Mordiendo el anzuelo una vez más. Entre arpías y arpones, perforando y desangrando corazones. Y cuando no quede nada, sobrevolar el cielo en busca de restos. Los pájaros de mi cabeza son carroñeros alimentados cada noche por uno de mis sueños. Al menos sé que tienen un final productivo. Porque sin ilusión todo sigue igual pero sin vida no hay esperanza. Por eso luchamos, alzar el vuelo. Y pensar que, de todo aquello que tuvimos al alcance de nuestra mano, no queda nada. Y que el tiempo, no engaña. No queda nada más que tú. Tus más y tus menos. Y tu materia se desvanece, como la de todos. Y que los sueños solo mueren si muere el soñador. Sigo vivo.

Guille.

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